Eran
las 9 de la mañana y un grupo de diez adolescentes se reunía cerca al Ovalo
Higuereta. Con forme iban llegando se quitaban las camisas blancas del uniforme
escolar para descubrir los polos negros que llevaban debajo. Todos eran de
diseños diferentes pero tenían un denominador común: todos decían “Metallica”.
Esa noche la banda norteamericana tocaba por primera vez en el Perú. Aunque el
concierto comenzaba 12 horas más tarde, a las 9:00 pm, estos jóvenes se habían “tirado
la pera” para prepararse desde muy temprano. Se venía algo grande.
El 18 de Enero del 2010
comenzó muy temprano para Rafael Olivera. Casi no pudo dormir la noche anterior.
Cada dos horas se levantaba con el corazón palpitando, sudando y se acercaba a
la ventana para ver si había amanecido ya. La idea que en menos de 24 horas por
fin vería a una de sus bandas favoritas le quitaba el sueño. Había pasado poco
más de un mes desde que compró la entrada al concierto de Metallica y 15 años
desde que los escuchó por primera vez, en un casete que su primo había grabado,
y automáticamente se volvió fanático de ellos. Mientras escuchaba aquel casete
mal grabado, con “baches”, nunca se le ocurrió ver a sus ídolos en vivo. Era la
primera mitad de los 90 y a Lima solo llegaban los Prisioneros y algún sonero
de salsa para el estelar de la Feria del Hogar. Por eso pensar que Metallica
llegaría a Lima era un absurdo para Rafael.
En Polvos Rosados los polos
de Metallica salían como diarios de las rotativas. Parecía que todo Lima iba a
vestir de negro.
Con forme iban pasando las
horas Lima se sentía más inquieta. En el cercado de Lima podías encontrarte con
grupos de jóvenes tomando unas cervezas, escuchando desde algún carro a todo
volumen la poderosa “Seek and Destroy”.
Unas horas después, aturdidos por el alcohol algunos se subían al auto,
mientras otros esquivaban los micros de la avenida Wilson. La gente ya se
dirigía a San Marcos.
La avenida Venezuela
invadida por gente con polos negros, banderas de Perú, niños con vinchas de
Metallica, cuarentones que se desabrochaban la camisa del terno para mostrar el
polo de Metallica que llevaban abajo, y borrachos que no paraban de gritar: ¡Metallica!
¡Metallica! Era una locura. Mientras Rafael hacía la cola para ingresar el
corazón le palpitaba con furia, como si estuviese “poguenado” dentro de él.
Rafa tomó la última lata de chela de un solo sorbo mientras el grupo telonero
se despedía del escenario. Aún no estaba muy cerca de entrar, y la
desesperación comenzaba a apoderarse de Rafael. Se tomaba el pelo cada 5
minutos, caminaba de lado a lado tres pasos, gritaba: ¡Metallica! La idea de que Metallica salga al escenario y que
él aún no haya entrado, lo volvía loco. Luego de algunos minutos pudo entrar.
Apenas pasó la barrera de ingreso corrió, dejando atrás a su hermano y su novia,
con quienes había ido, para tener una buena ubicación. Estaba en la zona medio
de la cancha. Los minutos pasaban, y nada de Metallica. Las más de 50 mil personas
que se encontraban en San Marcos comenzaban a desesperarse. De pronto todas las
luces se apagaron. En el fondo comenzó a sonar “The ecstasy of gold”, de la
película “El bueno, el malo y el feo”, que anunciaba que la espera había
terminado y el sueño comenzaba. La emoción era tremenda, los gritos
incontenibles, las más de 50 mil personas unidas coreando la introducción, en
una sola voz. Sabían que era cuestión de segundos para tener a “los cuatro
jinetes del apocalipsis” enfrente de ellos. Y pasó. Metallica apareció en
escena, James, Kirck, Lars y Robert estaban frente a sus fanáticos limeños que
habían esperado 30 años para verlos. Arrancaron el concierto con “Creeping
Death”, un clásico de los años ochentas, para volver una locura el estadio de
San Marcos.
Bastaron unos segundos para
que se armen los “pogos”. Una masa incontrolable de enérgicos hombres y
mujeres, cholos y pitucos, todos saltando y golpeando sus antebrazos, tirando
patadas, recibiendo puñetes, todo al ritmo de la guitarra de Kirk Hamet. Pero
nada dolía. Nunca se había sentido tanta energía en Lima. Esa energía bajaba
desde el escenario, donde estos cuatro monstros dejaban todo de sí para regalarles
a sus fieles una noche que jamás olvidarán.
Así pasaron poco más de 2
horas. Metallica repasaba sus clásicos haciendo delirar a todo San Marcos. El
sueño iba acabando, pero aún faltaba una más. Metallica se despedía, pero el
público comenzó a gritar 3 palabras. ¡Seek and destroy! ¡Seek and Destroy!. El
pedido fue concedido. El intenso riff de la guitarra de
Kirck Hamet corría por las venas recargando a todos para los últimos minutos
con Metallica. ¡Genial!
La gente gritaba, pogueaba y movían las cabezas de arriba abajo, haciendo
salpicar el sudor que resbalaba por sus cabellos formando una lluvia de
secreción, de secreción de energía. James, el vocalista de la banda, se bajó
del escenario para saludar y pasarles el micro a los que estaban adelante,
desatando así la locura del público. Algunos afortunados llegaron a gritar
eufóricos ¡Seek and destrooooy! Así Metallica se despidió del público limeño. Un
ejército de polos negros marchó por las calles, tomando diferentes rumbos.


