La mañana del 4 de Setiembre de 1957 comenzó bastante temprano para Dorothy. Casi no pudo dormir la noche anterior por temor a no despertar a tiempo y llegar tarde a su primer día de clases. Dorothy tenía 15 años y había sido una de los cuatro jóvenes afroamericanos elegidos para ingresar a un colegio secundario de blancos. Esto la tenía bastante inquieta. Eran los años 50 y el racismo en Estados Unidos se vivía a flor de piel. En cada esquina. Los negros tenían escuelas especiales para ellos, asientos en la parte de atrás de los buses y hasta baños segregados. No podían mezclarse con los blancos.
Si bien Dorothy temía la reacción de sus nuevos compañeros, se sentía confiada de que no iban a ser constantes, pensaba que los profesores la iban a proteger. Pero se equivocó.
Dorothy Counts partió, caminando, a la Harry Harding High School en Charlotte, Carolina del Norte. Fue una caminata corta pero insoportable. La gente, que ya sabía de su incorporación a la escuela para blancos, la siguió todo el camino, insultándola, escupiéndola, burlándose de ella y hasta tirándole piedras. Dorothy no se inmutó. Siguió su camino firme, sin vacilar ni un instante, ni caer en las provocaciones. Siguió con la frente en alto, como la llevan aquellos que saben que los equivocados son los otros.
En la escuela el panorama no cambió. Los insultos y los escupitajos no pararon. Cuando Dorothy iba a quejarse y a pedir ayuda a sus profesores no recibíani una palabra, la ignoraban, era como si no existiera.
Dorothy aguantó hidalgamente. Nunca respondió a las provocaciones. Nunca se quebró en el colegio, pero en su casa sí. Era una adolescente de solo 15 años, sentía impotencia, rabia, humillación. Al llegar a su casa abrazó a su madre y le dijo, entre lágrimas, con la voz pausada por el llanto: "No quiero volver nunca más".
Su madre le pediría que siga, que no se rinda, que tenía el mismo derecho a estar ahí que los otros muchachos. Dorothy asistió al día siguiente con la esperanza de que la situación sea diferente, pero recibió el mismo trato, y esta vez, mientras comía, sus nuevos compañeros le arrojaron basura.
Alguien debía tomar una decisión. Y la familia de Dorothy dio un paso al frente. Demostró sensatez. No soportó el acoso. Al cuarto día, el padre dio una conferencia de prensa. Iba a retirar a su hija de ese infierno.
Dorothy no solo abandonó la escuela, sino que también dejó la ciudad. Se mudó con sus padres a Philadelphia, a comenzar de nuevo.
Así, y gracias a la fotografía de Douglas Martin, Dorothy pasó a la historia y ninguno de los que la escupieron y maltrataron lo hicieron.

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