sábado, 24 de noviembre de 2012

El retrato de una heroína

La mañana del 4 de Setiembre de 1957 comenzó bastante temprano para Dorothy. Casi no pudo dormir la noche anterior por temor a no despertar a tiempo y llegar tarde a su primer día de clases. Dorothy tenía 15 años y había sido una de los cuatro jóvenes afroamericanos elegidos para ingresar a un colegio secundario de blancos. Esto la tenía bastante inquieta. Eran los años 50 y el racismo en Estados Unidos se vivía a flor de piel. En cada esquina. Los negros tenían escuelas especiales para ellos, asientos en la parte de atrás de los buses y hasta baños segregados. No podían mezclarse con los blancos.

Si bien Dorothy temía la reacción de sus nuevos compañeros, se sentía confiada de que no iban a ser constantes, pensaba que los profesores la iban a proteger. Pero se equivocó.

Dorothy Counts partió, caminando, a la Harry Harding High School en Charlotte, Carolina del Norte. Fue una caminata corta pero insoportable. La gente, que ya sabía de su incorporación a la escuela para blancos, la siguió todo el camino, insultándola, escupiéndola, burlándose de ella y hasta tirándole piedras. Dorothy no se inmutó. Siguió su camino firme, sin vacilar ni un instante, ni caer en las provocaciones. Siguió con la frente en alto, como la llevan aquellos que saben que los equivocados son los otros.

En la escuela el panorama no cambió. Los insultos y los escupitajos no pararon. Cuando Dorothy iba a quejarse y a pedir ayuda a sus profesores no recibíani una palabra, la ignoraban, era como si no existiera.

Dorothy aguantó hidalgamente. Nunca respondió a las provocaciones. Nunca se quebró en el colegio, pero en su casa sí. Era una adolescente de solo 15 años, sentía impotencia, rabia, humillación. Al llegar a su casa abrazó a su madre y le dijo, entre lágrimas, con la voz pausada por el llanto: "No quiero volver nunca más".

Su madre le pediría que siga, que no se rinda, que tenía el mismo derecho a estar ahí que los otros muchachos. Dorothy asistió al día siguiente con la esperanza de que la situación sea diferente, pero recibió el mismo trato, y esta vez, mientras comía, sus nuevos compañeros le arrojaron basura.

Alguien debía tomar una decisión. Y la familia de Dorothy dio un paso al frente. Demostró sensatez. No soportó el acoso. Al cuarto día, el padre dio una conferencia de prensa. Iba a retirar a su hija de ese infierno.

Dorothy no solo abandonó la escuela, sino que también dejó la ciudad. Se mudó con sus padres a Philadelphia, a comenzar de nuevo.
Así, y gracias a la fotografía de Douglas Martin, Dorothy pasó a la historia y ninguno de los que la escupieron y maltrataron lo hicieron.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cuando murió la paz.





Era Abril de 1966 y Maureen Cleave, una joven periodista del “Evening Standard”, caminaba por las anchas veredas de Londres junto a John Lennon y su esposa Cynthia Powell. Al llegar a su casa John invitó a pasar a la joven, que estaba escribiendo un artículo sobre el Beatle para su diario. Maureen detuvo su atención  en Sidney, una armadura medieval que John tenía en su sala, mientras la estrella de rock le contaba que en ese momento estaba muy interesado en la religión y que andaba leyendo muchos libros sobre ese tema. La periodista dejó de verse reflejada en el pecho de Sidney y se sentó al lado de Cynthia, sacó un lapicero y una libreta y comenzó a tomar apuntes. John todavía era el Beatle elegante,  de cabellera redonda como casco. Aún no usaba esos lentes redondos como fondo de botellas que años más tarde lo caracterizarían.
 En medio de la conversación Lennon declaró, lo que, sin saber, años más tarde le traería fatales consecuencias: “El cristianismo se irá. Se desvanecerá y reducirá su tamaño (...) Somos más populares que Jesús ahora —no sé qué se irá primero, si el Rock and Roll o el cristianismo.”

Estas declaraciones no tuvieron mucho revuelo en Inglaterra, pero sí en Estados Unidos, donde los Beatles habían logrado gran éxito. El artículo titulado “¿Cómo vive un Beatle?” se publicó en Norteamérica en Julio del mismo año: 1966. La frase que John había dicho sin ninguna preocupación, alborotó todo el país americano. El Ku Kux Klan, ese grupo de fanáticos blancos disfrazados de “fantasmas”, amenazó con cometer un atentado en los conciertos que los “Beatles” dieron ese año en EE.UU.

Mientras John se disculpaba o trataba de minimizar el asunto, en un campamento cristiano de Atlanta, Georgia, un niño de once años llamado Mark David Chapman empieza a albergar rencor hacia él por estas declaraciones y ha decidido vengarse de su ex ídolo por su ofensa a Cristo.
Mark “el fenómeno”, como lo llaman sus compañeros de escuela, es un regordete niño de anteojos y raya al costado. Su madre es maltratada por su padre, que la hace correr desnuda por toda su casa en Texas. Mark se refugia en la biblia y en los discos de los “Beatles” para huir de ese infierno. Por eso cuando llegó a sus gruesas orejas que John Lennon había declarado que los “Beatles” eran más famosos que Jesús, enfureció y tiró a la basura todos los discos que tenía.

Catorce años más tarde John Lennon ya no vivía en Londres ni los “Beatles” existían. Mark “el fenómeno” ya no estaba en el campamento cristiano. John ahora lleva el pelo corto y usa unas grandes gafas de lentes circulares como pequeñas lupas. Se mudó, con su nueva esposa Yoko Ono, al edificio Dakota en el centro de Nueva York. Mientras que aquel niño regordete, fanático religioso y resentido, que responde al nombre de Mark David Chapman, se ha convertido en guardia de seguridad en Atlanta.
El “fenómeno” no había olvidado aquella frase de Lennon que lo decepcionó y le causo tanta ira de pequeño.

El 8 de Diciembre de 1980 alrededor de la 10:50, Chapman, que esperaba junto al portero en el edificio Dakota, con el álbum “Double Fantasy” autografiado por el mismo Lennon hacía unas horas, vio entrar a John y le gritó: “¡Mr. Lennon! Disparando 5 veces contra su cuerpo. Los lentes redondos de John se llenaron de sangre y cayeron al sueño, junto a su cuerpo.

Con 5 balazos se apagó la voz de una generación.  Toda una época había terminado. Con Lennon se fueron los ideales de dos décadas de rebeldía, pacifismo y amor.  Esa madrugada miles de personas se concentraron a las afueras del  Hospital Roosevelt, donde el ex “Beatle” había llegado muerto. Los fanáticos se despedían de su ídolo, entre llantos, cantando las canciones de Lennon, con velas y levantando los dedos índice y anular en señal de paz. Una paz que desde ese día iba a ser más dificil de encontrar.

"And in the end, the love you take is equal to the love you make."
-“The End”;  John Lennon-

lunes, 5 de noviembre de 2012



La Central




Cortesía de http://www.facebook.com/limantigua?fref=ts
En la avenida Nicolás de Piérola, bajo nubes de esmog y carraspeados gritos de: ¡Falta uno! ¡Callao, Callao!, se encuentra el local central de la Universidad Nacional Federico Villarreal (UNFV). Un palacete republicano que parece pintado con cera roja.  Su fachada, terminada en 1920, tiene tres grandes puertas, por las que no pueden entrar los alumnos. Ellos tienen que doblar la esquina e ingresar por la puerta del jirón Cañete, adornada con una pintura inconclusa de la Estela de Raimondi, que más se asemeja a un troll que a una deidad Chavín.

En la cima del local, con un manto más negro que blanco, gracias al CO2, hay una escultura de la Virgen María, que le da a la Villarreal apariencia de universidad católica. Pero María, tal vez la única virgen que queda en esta avenida, no está allí por casualidad. En este local funcionó, hasta el año 1965, el aristocrático colegio Inmaculada de la Compañía de Jesús, que ahora se encuentra en el residencial barrio de Monterrico. El Inmaculada, fundado en 1878, llegó a este predio en 1902 y se mantuvo por 63 años. Luego de mudarse a Surco, en 1966 el Estado cedió la casona a la UNFV, que desde su creación, en 1963, funcionaba en el jirón Moquegua.


El local central tiene cinco pabellones, dos en situación de emergencia, y donde en épocas electorales cuelgan estrafalarias gigantografías que parecieran que compiten  por el trofeo al peor gusto; también tiene cuatro facultades; cuatro salas de exposiciones; un paraninfo; una cafetería, tres quioscos; cuatro gatos, uno con cuenta en facebook; un perro en cautiverio y, de vez en cuando, una rata.

Por la puerta de la avenida La Colmena ya no pasa la línea 3 del tranvía de Lima. Tampoco corren por los pasillos de la casona niños de mejillas rosadas y apellidos compuestos sin que el cura los atrape. Ahora se ve a jóvenes, y otros no tanto, de todas las clases sociales, tendidos, como lagartijas al sol, en el patio, leyendo, conversando, fumando un cigarro y perdiendo el tiempo.