lunes, 3 de diciembre de 2012

Apocalipsis en Lima






Eran las 9 de la mañana y un grupo de diez adolescentes se reunía cerca al Ovalo Higuereta. Con forme iban llegando se quitaban las camisas blancas del uniforme escolar para descubrir los polos negros que llevaban debajo. Todos eran de diseños diferentes pero tenían un denominador común: todos decían “Metallica”. Esa noche la banda norteamericana tocaba por primera vez en el Perú. Aunque el concierto comenzaba 12 horas más tarde, a las 9:00 pm, estos jóvenes se habían “tirado la pera” para prepararse desde muy temprano. Se venía algo grande.

El 18 de Enero del 2010 comenzó muy temprano para Rafael Olivera. Casi no pudo dormir la noche anterior. Cada dos horas se levantaba con el corazón palpitando, sudando y se acercaba a la ventana para ver si había amanecido ya. La idea que en menos de 24 horas por fin vería a una de sus bandas favoritas le quitaba el sueño. Había pasado poco más de un mes desde que compró la entrada al concierto de Metallica y 15 años desde que los escuchó por primera vez, en un casete que su primo había grabado, y automáticamente se volvió fanático de ellos. Mientras escuchaba aquel casete mal grabado, con “baches”, nunca se le ocurrió ver a sus ídolos en vivo. Era la primera mitad de los 90 y a Lima solo llegaban los Prisioneros y algún sonero de salsa para el estelar de la Feria del Hogar. Por eso pensar que Metallica llegaría a Lima era un absurdo para Rafael.

En Polvos Rosados los polos de Metallica salían como diarios de las rotativas. Parecía que todo Lima iba a vestir de negro.
Con forme iban pasando las horas Lima se sentía más inquieta. En el cercado de Lima podías encontrarte con grupos de jóvenes tomando unas cervezas, escuchando desde algún carro a todo volumen la poderosa  “Seek and Destroy”. Unas horas después, aturdidos por el alcohol algunos se subían al auto, mientras otros esquivaban los micros de la avenida Wilson. La gente ya se dirigía a San Marcos.

La avenida Venezuela invadida por gente con polos negros, banderas de Perú, niños con vinchas de Metallica, cuarentones que se desabrochaban la camisa del terno para mostrar el polo de Metallica que llevaban abajo, y borrachos que no paraban de gritar: ¡Metallica! ¡Metallica! Era una locura. Mientras Rafael hacía la cola para ingresar el corazón le palpitaba con furia, como si estuviese “poguenado” dentro de él. Rafa tomó la última lata de chela de un solo sorbo mientras el grupo telonero se despedía del escenario. Aún no estaba muy cerca de entrar, y la desesperación comenzaba a apoderarse de Rafael. Se tomaba el pelo cada 5 minutos, caminaba de lado a lado tres pasos, gritaba: ¡Metallica!  La idea de que Metallica salga al escenario y que él aún no haya entrado, lo volvía loco. Luego de algunos minutos pudo entrar. Apenas pasó la barrera de ingreso corrió, dejando atrás a su hermano y su novia, con quienes había ido, para tener una buena ubicación. Estaba en la zona medio de la cancha. Los minutos pasaban, y nada de Metallica. Las más de 50 mil personas que se encontraban en San Marcos comenzaban a desesperarse. De pronto todas las luces se apagaron. En el fondo comenzó a sonar “The ecstasy of gold”, de la película “El bueno, el malo y el feo”, que anunciaba que la espera había terminado y el sueño comenzaba. La emoción era tremenda, los gritos incontenibles, las más de 50 mil personas unidas coreando la introducción, en una sola voz. Sabían que era cuestión de segundos para tener a “los cuatro jinetes del apocalipsis” enfrente de ellos. Y pasó. Metallica apareció en escena, James, Kirck, Lars y Robert estaban frente a sus fanáticos limeños que habían esperado 30 años para verlos. Arrancaron el concierto con “Creeping Death”, un clásico de los años ochentas, para volver una locura el estadio de San Marcos.

Bastaron unos segundos para que se armen los “pogos”. Una masa incontrolable de enérgicos hombres y mujeres, cholos y pitucos, todos saltando y golpeando sus antebrazos, tirando patadas, recibiendo puñetes, todo al ritmo de la guitarra de Kirk Hamet. Pero nada dolía. Nunca se había sentido tanta energía en Lima. Esa energía bajaba desde el escenario, donde estos cuatro monstros dejaban todo de sí para regalarles a sus fieles una noche que jamás olvidarán.

Así pasaron poco más de 2 horas. Metallica repasaba sus clásicos haciendo delirar a todo San Marcos. El sueño iba acabando, pero aún faltaba una más. Metallica se despedía, pero el público comenzó a gritar 3 palabras. ¡Seek and destroy! ¡Seek and Destroy!. El pedido fue concedido. El intenso riff de la guitarra de Kirck Hamet corría por las venas recargando a todos para los últimos minutos con Metallica. ¡Genial! La gente gritaba, pogueaba y movían las cabezas de arriba abajo, haciendo salpicar el sudor que resbalaba por sus cabellos formando una lluvia de secreción, de secreción de energía. James, el vocalista de la banda, se bajó del escenario para saludar y pasarles el micro a los que estaban adelante, desatando así la locura del público. Algunos afortunados llegaron a gritar eufóricos ¡Seek and destrooooy! Así Metallica se despidió del público limeño. Un ejército de polos negros marchó por las calles, tomando diferentes rumbos.



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